Nunca será otra vez como fue, ni habrá otra igual

Fue en la Calle Real, en la esquina con Gobierno Civil. Hacía años que nos veíamos, y habíamos retomado el contacto para unos proveedores en Madrid.

Acababa de llegar, al verle con una camiseta blanca “roída”, pendientes, anillos, botas de moto, y un vaquero al que le quedaba lo justo para mantener la integridad de pantalón y cumplir su función de no dejar al aire sus vergüenzas; pensé en aquellos años de escuela en que aún tenia pelo (que no dientes), y asistía al centro, con su camisita blanca y su jersey por encima de los hombros.

Hablamos desordenadamente de todo. De lo concreto, de lo genérico, de lo sustancial y lo accesorio, pero me quedo con que me dijo que estaba haciendo “freelance” y que estaba haciendo unos flyers para las fiestas de unos colegas. Fotocopiadas y pegadas con grapadora en las vallas de obras. Y yo le dije que estaba harto de los empresarios, los empleados, las empresas dirigidas por niños ricos sin criterio, y abogados con amigos_. Quiero una agencia dirigida por creativos.

Unos días mas tarde, llamó al timbre y con el mismo uniforme y una hoja arrugada. Tomamos unas cañas en “Café La Barra” de Riego de Agua. En aquel papel traía el manifiesto de una Agencia dirigida por Creativos, y atropelladamente.. decía sí, sí, que sí, que tengo el bajo. Y además traía un briefing para el naming.

Y la liamos. Bueno…, se lió. Jaime con él se metió en la discoteca Caseli, en Emilia Pardo Bazán con mis ordenadores y unas mesas hechas con caballetes y empapeladas con papel craft. Yo les mandaba desde donde trabajaba lo que, teóricamente, eran cosas que no tenía tiempo para hacer así como lo que me salía por fuera. Mientras negociaba mi despedida con Sam,  me hacia el “master” en multimedia y veía como crecía nuestra segunda aventura empresarial.

Esta etapa es lo que hoy hace que esté enfermo. Sí, muy enfermo de esta profesión. Lo que hace que me levante cada día con la ilusión de que algún día participe de una experiencia al menos, la mitad de estimulante que aquella. Con ellos aprendí a trabajar en equipo, a ir siempre mas allá de lo que pide el cliente, a hacerlo otra vez porque puede ser mejor, a comprender que esta profesión es 24 horas al día 365 días al año, a que siempre hay tiempo si hay una noche por delante, a que las referencias no es copiar, a que el cliente es el consumidor, a que concepto es Dios, a saltarme las lagrimas por ganar un cliente y a discutir con ellos hasta perderlos por sus ventas, por su imagen, por sus productos.

Yo me marche de TERRA sólo por que quise, por problemas personales independientes a la empresa o a los socios.

Todos los que participamos de aquello tenemos un apellido más: “Terra”.

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